Tener privilegio no es tu culpa.

Desafortunadamente, el privilegio es, todavía y en sociedades retrógradas, un elemento transgeneracional e inamovible.

PERO lo que eliges hacer con él, es tu responsabilidad. Así como el entender que cuando alguien te hace recordar tu posición de “superioridad” en un sistema aún tan injusto y patriarcal, no es culparte: es invitarte a revisar tu ventaja y actuar ecuánimemente.

La ley de empate no existe cuando han comenzado la carrera al mismo tiempo que la historia, mientras nosotras, calladas y pasivas aún creíamos que éramos solo un accesorio de su “masculinidad”.

No me vengan con el discurso de que “a los hombres también nos agreden”, “nadie menos”, “las mujeres también son violentas”, “pa que aguantó?”. Porque entonces no entiendes nada y solo demuestras que te importa nada la equidad, aún ejerces tu privilegio como yugo sobre mí; queriendo que luche tu lucha, que haga las tareas por ti.

Que marche por tus pocos hombres agredidos (comparemos cifras, sin desmerecer el sufrimiento), que de alguna forma fije mi atención en las mujeres violentas y le quite la mirada al sector más grande de perpetración, que no importa cuánto tiempo nos sacaron la chucha o nos violaron, sino nuestra “estupidez” al “dejarnos” golpear.

Me dices como reaccionar, que apacigüe mi “agresividad” porque te vilipendia.

Me golpeas.

Me violas.

Me ultrajas.

Me arañas.

Me humillas.

Me sacas los ojos.

Me dejas embarazada.

Me golpeas hasta ahogarme en mi propia sangre.

Me das una enfermedad venérea antes de mi menarquia.

Me pateas hasta perder la guagua.

Me golpeas por no quedar preñada.

Me entierras en el patio de tu casa.

Me violas con todos tus amigos.

Me gritas maraca.

Me comparas.

Me muerdes los pezones y me los arrancas.

Me concibes y me alcahueteas.

Me cambias por pasta.

Me das una mesada.

Me tapas el pecho en la calle, me bajas la falda.

Me impides hablar con mi familia.

Me gritas maricón.

Me gritas que me falta pico para aprender a ser mujer.

Me inventas historias y las compartes con tus amigas.

Me ridiculizas por ser diferente a ti.

Me calumnias.

Me dejas tirada cuando estoy vulnerable.

Me dejas complacerte.

Me coges y te olvidas de mi orgasmo.

Me penetras delante de tus amigos, como trofeo.

Me lúbricas con saliva, no con mis propias ganas.

Me ofreces a tus amigos. Tus amigos me culean, mientras tu ríes.

Me amenazas con llevarte a mis hijos.

Te los llevas.

Me quemas la ropa.

Me golpeas porque no tengo tu ropa planchada.

Me gritas por demorar el almuerzo.

Me robas la plata.

Me controlas el tiempo.

Me metes la cabeza debajo del agua.

Me jalas los aros de la ceja.

Me penetras analmente con mis gritos ahogados en la almohada.

Me revisas el teléfono.

Me revisas la vagina al volver de mi trabajo.

Me impides tener amigOs.

Pero me levanto y te desafío y me acallas. Buscas el punto inexacto donde poder ejercer tu misoginia orgánica y atenuar las causas, atenuar tu causa.

No hay empate entre tú y yo. Nos metiste los goles antes de que entráramos a la cancha. El problema es que solo tú tienes un problema: no ves que tus derechos están apilados justo encima de los míos y no me cansaré hasta recuperarlos y eso, machito, eso te duele y me agredes y te exculpas.

Eso es misoginia.

Eso agrede y mata.

Escrito por Marcela del Sol

Tener privilegio no es tu culpa. #NiUnaMenos

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